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  • sergiojparra

MIS INFLUENCIAS (I). Carnaval de Cádiz: Martínez Ares y Juan Carlos Aragón

A nadie sorprende ya que uno de “asquí” comparta su sentir en torno a dos fiestas tan antagónicas en su concepción como son el Carnaval de Cádiz —con su concurso “de coplas”— y la Semana Santa sevillana, manifestaciones populares que, históricamente, vienen enriqueciendo la cultura desde la tierra andaluza.


Yo soy otro de los “cofrades-carnavaleros” que durante todo el año conjuga ambas pasiones, disfrutándolas y aprendiendo de éstas. En mi caso, si grande resulta mi afición por el Carnaval gaditano mayor lo es por la Semana Santa cuando, verdaderamente, la “Semana grande” desata mis sentidos como ningún otro fenómeno en este mundo.


Particularmente, como artista encuentro dos de mis mayores referentes intelectuales en Cádiz, y me refiero a un par de autores que rivalizaron en dicho concurso dejando numerosas obras de arte por el camino. El uno es Antonio Martínez Ares y el otro Juan Carlos Aragón Becerra (D.E.P), considerándome yo muy fan del primero y admirador del segundo.

Desde mi perspectiva actual he de agradecer buena parte de la configuración de mi pensamiento a ambos letristas-músicos pues sus canciones agitaron las mentes de varias generaciones, entre las que se encuentra la mía. Con su canto trascendieron más allá del Festival puesto que se han dirigido a la humanidad en sus distintos niveles sociales, morales y políticos con un lenguaje tan particular como universal. En otras palabras, quedaron convertidos en auténticos líderes por su capacidad de inculcar valores, concienciar, defender ideales, innovar y entusiasmar entre el pueblo. Entretanto, Internet ha propiciado que sus mensajes superen el territorio autonómico llegando a otros lugares del planeta.


Mas el propio paso del tiempo los fue poniendo a ellos también en su lugar, quienes evolucionaron y maduraron a la vez que lo haríamos sus seguidores, lo que quiere decir que ejercieron la autocrítica —no exenta de ironía—, reconociéndose su enorme influencia entre el público.


Ahora bien, dejando a un lado mi absoluta e incondicional preferencia por “el niño de Santa María” (también conocido como “Don Antonio”), me pregunto ¿qué han aportado a mi arte —profano y religioso— tanto Martínez Ares como Juan Carlos Aragón?


Principalmente, me absorbe la armonía desarrollada por Ares (igualmente en su faceta de cantautor y compositor) en cuanto a que la idea encaja perfectamente en cada tipo. Y cada sonido, cada melodía, cada palabra y hasta cada "quejío" se engrana en un conjunto literario-musical-escenográfico cuyo mensaje es pura “poesía plástica”. Además, su propuesta creativa y expresiva —en sus formas y colorido— se adapta a diversidad de registros y formatos (aunque éste quede vacío o, en otras palabras, muerto). En sí mismo hay un deseo fehaciente de renovar pero también existe devoción a la tradición, y escucharle a fondo a veces provoca un dolor difícil de soportar, y será porque resulta brutalmente crudo. Redención y condena —Carnaval en estado puro—; luces y sombras —barroquismo—, lo absurdo y lo surrealista, lo complicado y lo sencillo, la cruz siempre a cuestas como una guitarra. Amor visceral a la tierra y al azul infinito del mar, lirismo en la conquista de los corazones. El impacto emocional en cada presentación con su estrategia para cautivar, de hacer memorable cada actuación, enterrando un hueso allá por donde pasa. Un bombo que emerge de las profundidades —paradisiacas o infernales—, gargantas que se quiebran y revolotean en el precipicio, con almas que navegan hasta el extremo en busca de la paz; pirata que cantando triste se marchó para regresar a otro Cádiz, a otro yo, simbolizando en una comparsa su propio renacimiento; silencios y armónicos, brillos en la ausencia, matices entre matices…la libertad atada a la locura y la espera que no te esperas.

Junto a Martínez Ares. Carnavalea;

Morón, 14 de octubre de 2016.


Juan Carlos, una sola voz, una perfecta prolongación del genio, una tajada tras otra en la conciencia y en el espíritu. Un amigo “que no es un amigo” pero que dejó consejos de gigante a tantos y tantos desconocidos. El que ahora más que nunca escupe sin vergüenza a los pies de la injusticia, y hablaba del nabo como le salía de los cojones. Aragón, “pin pon”, que con un “parapapá” resumía la parte aburrida de la vida sacándole una sonrisa o un poema donde antes nunca lo había. Sin embargo, reconozco que, últimamente, lo disfrutaba más fuera de concurso, y cantidad de veces me conquistó pero otras tantas me aburrió, desde mi parecer, con melodías similares y repetido “canallismo”. No obstante, deja en mí una balanza de conceptos, multitud de interrogantes, desafíos intelectuales para mi búsqueda de la verdad y, en definitiva, del amor y el existencialismo, de Dios y del hombre; una poesía que imagina a los entes como figuras femeninas (la soledad y la muerte) y a las mujeres como diosas; lo sagrado de la tierra, la calle como escuela y símbolo de libertades. Del ser tú mismo, del luchar y morir con tus ideales, de adorar la juventud en las distintas etapas de la vida, de elegir la sumisión o ser valiente y arriesgarte a perderlo todo en una revolución. Y me deja un extremo para que encuentre la virtud y descifre las religiones, cuestionando nuestras costumbres y pasiones, además de permitir que le robe las canciones que sacan el coraje y la resistencia que el mundo necesita para ser más feliz. Juan Carlos Aragón, la educación de la protesta, y para mí el razonamiento del pecado en el reto de rebatirle algunas de sus críticas siendo yo artista religioso…empero, menos mal que además de creyente y cofrade también soy carnavalero.


Libreto procedente del autor, la noche en la que estreché su mano

cuando acompañó a su comparsa de 2005 en una actuación en Morón.

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